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Vallenatos para ver y sentir: una historia de educación incluyente

Vallenatos para ver y sentir: una historia de educación incluyente

En un colegio público del sur de Bogotá, el sonido de las cajas, las guacharacas y el acordeón iluminan la vida de 80 estudiantes invidentes. Así suena un vallenato que nace en la escuela, con el que la discapacidad no limita los sueños: los hace posibles. ¡Ay hombe!

En la tarima del colegio José Félix Restrepo, Yilmer Tumay saca suaves melodías de un pesado acordeón color amarillo intenso, que esa mañana hace juego con los cálidos rayos de sol que alumbran a Bogotá.

Un joven de estatura media, tez negra y sonrisa perfecta, se acerca al lugar guiado por los casi sincronizados golpes de un bastón blanco que sujeta con su mano derecha, y que hace por él lo que sus ojos no pueden.

“¿Oiga, dónde estaba?, no lo vi venir”, dice Yilmer al percatarse del sonido del bastón. Aunque tampoco ve, sabe que Jesús López, su amigo y compañero de grupo, ha llegado al ensayo y no duda en soltar una de las tantas bromas que se gastan entre ellos, y que hacen que ataques esporádicos de risa sean recurrentes en el encuentro. 

Tras el breve saludo cada uno toma su lugar. Yilmer con su acordeón, Jesús con su cajón y Jonathan Carvajal con la guacharaca, dan las tonadas de ‘La sigo amando’, el primer sencillo de ‘Chucho López y Los Rey de Reyes’, el grupo vallenato que desde hace poco más de dos años nació en este colegio de la localidad de San Cristóbal, donde los sueños no son pequeños y hay cabida para todos.

Una atmósfera de tolerancia

“El objetivo de nuestro colegio siempre ha sido generar espacios reales de inclusión y  encontramos en la música un eje fundamental que ha facilitado este proceso”, explica Misael Zea, psicólogo y  docente de apoyo del área de tiflología del José Félix Restrepo, que desde hace más de 30 años imparte una educación incluyente, dinámica e integral a sus estudiantes invidentes y con baja visión. 

La mayoría de las niñas y los niños que llegan a este plantel educativo, vienen remitidos del Instituto Nacional para Niños Ciegos Juan Antonio Pardo Ospina, lugar donde les enseñan e inculcan un profundo amor por la música. 

Fue por ello que el profundo sentimiento por este arte llegó al colegio y se esparció rápidamente por cada uno de sus rincones, instalándose en el ADN de toda la comunidad educativa, en donde no es extraño encontrarse en cualquier pasillo con talentosos músicos, en su mayoría invidentes.

“Aquí se han creado grupos de música tropical, rock y vallenato que se han ganado el cariño de los estudiantes en cada presentación. En este colegio los niños invidentes son respetados y percibidos como un compañero más de clase, como un igual”, asegura el profe Misael, quien como Yilmer y los otros 80 estudiantes invidentes del José Félix Restrepo no entienden de discriminaciones, solo de crear, de hacer, de ser. 

Para Rosa Houghton, tiflóloga de esta institución, son muchos los beneficios que la música les brinda a las niñas, niños y jóvenes invidentes. 

“Este tipo de actividades aumentan en nuestros niños  la autoestima, les da más independencia y ayuda en su proceso de socialización”, señala esta profesional que lleva más de 10 años en este colegio y que conoce las historias de cada uno de sus estudiantes, pues en esta comunidad educativa del sur de Bogotá, más allá de docentes, directivos y estudiantes, lo que existe es una gran familia.

Al aula de tiflología van todos. Desde los profesores que llegan para entregar talleres de clase a Rosita, quien días después ella les devuelve en sistema de lectura Braille para que las personas invidentes puedan resolverlo,  hasta los estudiantes y practicantes universitarios que prestan diferentes servicios. Como por ejemplo, acompañar a los alumnos del colegio en épocas de exámenes para leer en voz alta las preguntas pues, como explica Rosita, la lectura en Braille agota rápidamente, y esa ayuda les facilita esas actividades.

El compromiso con la inclusión es evidente, y como dice la rectora del José Félix Restrepo, Yliana Mozos Campos, “si algo tiene este colegio es un respeto total por la diferencia”.

“Amigo pero esto no es tan fácil yo todavía la sigo amando/pa’ mí olvidarla es imposible/ dime amigo cómo hago”, canta Jesús con voz sentida en la tarima de su querido colegio, del que se graduó hace ya un par de años, pero al que siempre regresa. Quizá por esa cálida atmósfera de tolerancia que le dio el impulso extra para salir a alcanzar sus sueños.

Dos historias, un solo ejemplo 

Una negligencia médica dejó a Jesús López sin el sentido de la vista, algo difícil de aceptar para un niño de 9 años que todas las tardes corría detrás de una pelota de fútbol en su natal Villa del Fuerte, Antioquia.

“Tenía dos opciones: echarme a la pena o salir adelante y yo preferí luchar”, comenta Jesús, al que todos le dicen Chucho, y quien agrega que fue gracias a “un milagro” que pudo viajar a Bogotá e ingresar al Instituto para Niños Ciegos Juan Antonio Pardo Ospina, donde conoció su primer amor: la música vallenata.

Como la mayoría de los niños del Instituto, Chucho llegó al colegio José Félix Restrepo y allí, aparte de continuar con sus estudios de bachillerato, conoció a Yilmer, un adolescente mucho menor que él, pero del que decían “tenía magia en los dedos” cuando de tocar un acordeón se trataba.

Efectivamente, Yilmer resultó ser el compañero que Chucho andaba buscando y, sin pensarlo, le propuso formar un conjunto vallenato para darle rienda suelta al amor que juntos compartían por este género musical de la sabana del caribe colombiano.

‘Chucho López y Los Rey de Reyes’, fue el nombre con el que bautizaron este experimento, y que hoy, dos años y medio después, les ha traído bastantes alegrías.

“Ahora somos 6 en el grupo, 5 de nosotros invidentes, y es chévere cuando vamos a toques porque la gente aplaude y yo toco mi acordeón que es lo que más me gusta hacer”, dice Yilmer, un tímido adolescente de 14 años que gracias a su talento ya ha tenido la fortuna de visitar la ciudad de los Santos Reyes del Valle de Upar, un sueño para todo aquel que consagra su vida al género musical que allí nació.

José Robayo, el único integrante vidente del conjunto vallenato, llegó a este grupo guiado por la música que salía de un cuarto de ensayos del barrio Villa Javier de San Cristóbal. 

Él, un cantante aficionado de 37 años con esposa y dos hijos, no necesitó ver para darse cuenta de que aquellos muchachitos que tocaban y cantaban vallenatos tenían talento.

“Cuando entré y los vi, me emocioné mucho y ahora que estoy con ellos me siento bendecido. No sólo porque puedo cantar, sino porque todos los días ellos me enseñan algo nuevo. Es que véalos, ¿si ellos pueden, uno por qué no va a poder si se supone que está completo?”, comenta José.

Yilmer y Chucho, los dos protagonistas de esta historia, no entienden qué es ser diferente. 

“Es que todos somos diferentes, cada uno siente distinto, lo único raro es que soy ciego, pero de resto todo es lo mismo”, dice Chucho y Yilmer asiente. 

Yilmer, por su parte, espera seguir en sus clases de acordeón para “ser uno de los grandes”. Y Chucho está en Japón en el Mundial de Fútbol Sala para Ciegos. Su amor por ‘la pecosa’ siguió intacto pese a su discapacidad y tras poco más de dos años en la Liga de Bogotá, fue llamado a la Selección Colombia para ser uno de los mediocampistas de este equipo.

“Tengo fe de que nos va a ir muy bien. Estoy bendecido y más ahora con mi pequeño ángel”, comenta Chucho refiriéndose a Mari Ángel, su hija recién nacida a la que ya le escribe canciones. 

La mayoría de estos logros son producto de una gran motivación y una inmensa disciplina, que Chucho asegura no serían tantos sin el apoyo incondicional del colegio José Félix Restrepo, un ejemplo de que cuando hay ganas y voluntad, todo se puede lograr. 

Por Paula Andrea Fuentes