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Educación en la cárcel: clases que liberan y transforman vidas

Educación en la cárcel: clases que liberan y transforman vidas

A través de los modelos educativos flexibles de la Secretaría de Educación del Distrito, más de 300 personas privadas de la libertad en la Cárcel Distrital de Bogotá cumplen su sueño de terminar la primaria o el bachillerato.

Las luces blancas se acaban de encender y las puertas de metal están abiertas. Como un augurio que se repite todos los días, José William se pone de pie y espera atento el intenso sonido de un timbre que, desde hace más o menos un año, llega para avisarle que es hora salir de su celda para ir a estudiar.

Con las manos cruzadas atrás, recorre las escaleras y el patio del pabellón ‘Opción’, donde pasa la mayor parte de sus días. Sale de su celda y se adentra subiendo y bajando esclareas o atravesando pasillos, por los laberintos de la Cárcel Distrital, en el sur oriente de la capital.

Finalmente llega a un salón de clases, sin ventanas ni paredes de colores, de piso gris y ladrillos naranja, pero con un ambiente familiar y cálido. Allí, cada semana, por 4 horas diarias, su realidad desaparece y el tiempo se le va más rápido, mientras comparte junto a profesores y compañeros reclusos, el derecho a soñar con una nueva vida mientras estudia.

Gracias a un convenio entre la Secretaría de Educación del Distrito, la Corporación Infancia y Desarrollo, desde febrero de 2017, maestros y directivos del colegio José Félix Restrepo llegaron a los pabellones de la Cárcel Distrital para apoyar los modelos educativos flexibles del Distrito, y brindar oportunidades a quienes, como José William, no han iniciado o terminado la primaria o el bachillerato.

 

Con esta modalidad educativa flexible, que va de ciclo 2 a ciclo 6, el Distrito brinda todas las condiciones para que los internos cursen 2 ciclos en un año y certifica sus estudios a través de una institución educativa oficial de Bogotá. Además, acompaña los procesos pedagógicos y de evaluación al interior del centro penitenciario y, al final, gradúa a los estudiantes que aprueban los currículos que se diseñan para los internos.

“Afuera fui estudiante como muchas personas, tuve la oportunidad y el tiempo para estudiar, pero no lo hice. Por eso no dudé en inscribirme y retomar mis estudios de 10º y 11º. Ahora, por fin he tenido la posibilidad de cerrar este ciclo y de recibir mi diploma de grado”, confiesa José William con un tono nostálgico.

Con el diploma en las manos, José recuerda a su hija Saray, de 7 años, quien también se encuentra estudiando. Ella fue y sigue siendo su motor para terminar sus estudios y darle un nuevo ejemplo de superación desde la cárcel.

“La matemática me daba muy duro, pero cuando la empezamos a estudiar aquí pedí apoyo, busqué las explicaciones y me di cuenta de que cuando uno se pone el empeño en algo, lo logra. Llené cuadernos de ejercicios en mis tiempos libres y por fin entendí que no era difícil, sino que hay que proponerse las cosas”, cuenta José, como queriendo enviarle un mensaje a su pequeña hija.

De hecho, cuenta que, tras la primera entrega de boletines de este año, el colegio José Félix Restrepo le dio la posibilidad de izar bandera y de recordar las épocas del colegio. “Ha sido muy gratificante hacer parte de este proceso, estoy muy agradecido con las directivas del colegio y de la cárcel, con los profes y con los compañeros por su dedicación con los trabajos durante el año”.

Educar: una labor incluyente que fortalece las capacidades humanas

La formación mediante los medios educativos flexibles de población en condición de extraedad, vulnerable y diversa, con propuestas curriculares pertinentes y en horarios adecuados a sus necesidades, es una de las múltiples estrategias con las que el gobierno del alcalde Enrique Peñalosa promovió la inclusión educativa de más de 10 mil personas este año.

Cristina Villota, una de las docentes contratadas por la Corporación Infancia y Desarrollo que apoyan la formación de estudiantes en la Cárcel Distrital, afirma que la labor pedagógica dirigida a las personas privadas de la libertad no solo garantiza el derecho a la educación de quienes más lo necesitan, sino que ofrece una gran oportunidad para reconocer las capacidades humanas de sus estudiantes.

“Evitamos saber por qué llegaron acá y cuáles fueron sus errores. En cambio, con cada clase nos enfocamos en su parte más noble y humana, y desde ahí se genera otro acercamiento, una mejor confianza”, asegura la docente, quien agrega que de esta manera han logrado descubrir en los reclusos a “personas respetuosas y muy interesadas en superarse”.

José William también lo reconoce. Aunque admite que cumplir con el rigor de la vida en la cárcel se trata de un gran sacrificio, el hecho de volver a estudiar lo ha ayudado a pensar en un mejor futuro, a ocupar su tiempo aprendiendo con las tareas diarias y a alimentar sus sueños cuando salga de allí.

María Teresa Pinzón Sierra, Terapeuta Ocupacional de la Cárcel Distrital, agrega que gracias a la Ley 65 de 1993 y al programa de educación flexible del Distrito, este establecimiento carcelario también les permite reducir parte de su condena, mientras desempeñan múltiples actividades, dando esperanza y oportunidades de superación a los internos.

“Para nosotros prevalece la educación por encima de cualquier actividad que puedan realizar los internos para la redención de penas, porque están adquiriendo conocimientos nuevos, los edifica, transforma sus comportamientos de una manera asombrosa”, asegura María Teresa.

Pero el impacto va incluso más allá. De acuerdo con el director de Cobertura de la Secretaría de Educación, Carlos Reverón, a través de la inclusión de esta población en la educación de la ciudad, Bogotá está logrando la meta de reducir la deserción y el analfabetismo de miles de personas.

“En la administración del alcalde Enrique Peñalosa hemos logrado la atención educativa de más de 10 mil estudiantes en modelos flexibles en toda la ciudad, pero también el regreso de cerca de 6.000 niñas, niños y jóvenes al sistema educativo a través de la búsqueda activa (puerta a puerta) de niños desescolarizados, lo que sumado al trabajo con entidades del orden distrital y nacional nos han permitido reducir del 1.82 % al 1.47 % en la tasa de analfabetismo de la ciudad”, asegura.

Gracias a este modelo, personas como José William, internas en la Cárcel Distrital, así como vinculados a centros del sistema de responsabilidad penal adolescente, centros de desarrollo comunitario, casas de la igualdad y el Instituto Colombiano del Deporte, Coldeportes, entre otros, población indígena, personas Lgbti, mujeres víctimas de violencia, población de la tercera edad, jóvenes y adultos, pueden acceder a nuevas oportunidades a través de la educación básica y media certificada a través de colegios oficiales de la ciudad.

“Desde nuestra institución educativa hemos asumido este modelo como un proceso de inclusión real, que está transformando para la vida en sociedad. Por eso seguiremos brindando estas alternativas, que llenan de esperanza y compromiso a los estudiantes y contribuyen al futuro de la ciudad y el país”, concluye Jimy Alexander Giraldo, rector del colegio José Félix Restrepo.

Porque una ciudad educadora es una Bogotá mejor para todos.